¡Recuperemos nuestra capacidad de soñar!

19 July 2020 – Gina Vargas

Read the English-language version here.

Vivimos en un mundo en movimiento…por ahora no en las calles, pero en intensa conexión, a través de las fronteras, generando, como señala Matt Meyer, pensamiento estratégico frente al momento actual, y a los momentos, inciertos y alarmantes, que están por venir. Nos obliga a un momento de introspección, de nuevas reflexiones críticas y solidaridad compartida en las relaciones políticas y la vida cotidiana. Nos invita a pensar más allá de lo que sabemos, o desde lo que hemos aprendido en este momento de crisis global, que ha trastocado todas las formas de conexión económica, social, subjetiva, emocional y, por supuesto, política

Y es que esto que vivimos no es cualquier crisis: muchxs la hemos llamado crisis civilizatoria.    Los zapatistas lo llaman, certeramente, el “colapso del sistema”, para referirse no a una simple crisis, no a una interrupción del orden existente en un periodo más o menos acotado y que, luego de un tiempo, se vuelve todo a reacomodar. Es más bien un contexto de caos y destrucción climática y humana, expresado en el hundimiento masivo del sistema dominante debido a sus propias contradicciones, a la agresión imparable contra la biodiversidad, al aumento de las injusticias y desigualdades, el hambre, la pobreza, las guerras, los genocidios, ecocidios, feminicidios, terrorismo de Estado, y más.

Este colapso de lo existente ha adquirido mayor visibilidad con el COVID-19, evidenciando el escándalo de la desigualdad, de la impunidad, el rechazo a la hegemonía de una subjetividad empresarial y antidemocrática, que está dando paso a conservadurismos, fundamentalismos y neofascismos, que se sienten empoderados.

Ha dejado también al descubierto injusticias estructurales, activas y naturalizadas.  Es una crisis global que ha dejado al descubierto las maldades e incongruencias humanas, de injusticias, no solo económica (han perdido empleo las-los más pobres, los-las informales), la social (poblaciones enteras sin luz ni agua, sin sistemas de salud), territoriales (el extractivismo sigue, sin escuchar el grito de la naturaleza), sexistas y de discriminación activa de genero (violencias, violaciones, feminicidios contra las mujeres, las trabajadoras sexuales, las poblaciones trans). También, y dramáticamente, una injusticia negada, naturalizada, que recorre nuestras vidas, nuestros cuerpos, incluso nuestros horizontes de cambio: la injusticia racial, y la escandalosa forma que está incrustada en nuestras sociedades. La consternación y el horror con el que el mundo entero presencio, en vivo, el asesinato de George Floyd, ciudadano negro norteamericano, dejó en evidencia no solo la soberbia e impunidad ilimitada de la supremacía blanca, También nos obligó a reconocer el racismo, también endémico, en nuestras sociedades, en nuestras culturas, en nuestros cuerpos y territorios, arraigado profundamente en el monopolio de la cultura occidental. Fue emocionante escuchar, en la reciente Asamblea Global de defensa de la Amazonia, a uno de los líderes indígenas recuperando el grito de Floyd: “la Amazonia está gritando: no puedo respirar”-

Como diría Antonio Gramsci es un momento de interregno, en el cual lo viejo está en declinación, en colapso, y aún no termina de morir. Y lo nuevo está despuntando, recuperando lo que pueden ser formas de prefigurar otros mundos posibles, como plantea el Foro Social Mundial. Y se expresa en las resistencias, las rebeldías, las movilizaciones, las nuevas subjetividades, las enormes diversidades étnicas, raciales, sexuales, de género, y nuevas actorías en movimiento, resistiendo volver a esa normalidad que nos trajo hasta aquí. Una normalidad que quiere seguir siendo y se expresa de una manera brutal:  oscurantismos, violencia, fundamentalismos, violación de derechos humanos, feminicidios, extractivismos, destrucción de la Amazonia…  Todos síntomas mórbidos del intento despiadado por continuar su “normalidad” de acumulación por desposesión, de tierras, cuerpos, territorios y profundizar el desprecio por los derechos humanos y los derechos de la madre tierra.

 Hoy, justamente por estas rebeldías, somos más, y somos territoriales y globales, y somos feministas, ecologistas, afrolatinos, indígenas, campesinos, sindicalistas, artistas, jóvenes, engranados en este proceso de movimientos de movimientos, recuperando muchos otros ejes de jerarquización, que expresan   la multidimensionalidad e interseccionalidad de las resistencias, evidenciando como las injusticias sociales se retroalimentan desde múltiples  hitos de exclusión, en razón de la raza, la clase, el género, la sexualidad, la edad, el territorio, el irrespeto a la madre tierra. 

Esta realidad hace urgente e impostergable alimentar un cambio de paradigma civilizatorio, recuperando y construyendo otros imaginarios en las formas de organizar, de pensar, de percibirnos a nosotrxs mismos y a los otros, de ubicar las condiciones para seguir expandiendo y alimentando movimientos de movimientos, anclados en una  perspectiva pluriversal, que reconozca y legitime todos los otros mundos posibles, busque la sostenibilidad de la vida, que luche por una vida que merezca ser vivida, que construya diálogos interculturales,, que apueste a  una vida que merece ser vivida. Las cosmovisiones indígenas las cosmovisiones negras, han enriquecido el horizonte con un conjunto de nuevas categorías epistémicas, teóricas y políticas, surgidas y alimentadas por experiencias e imaginarios de vida no occidentales, complejizando los entendimientos al recuperar palabras que otorgan significados propios y revaloran una realidad negada, que aparecía como inexistente. Al hacerlo, confrontan la violencia epistémica y el racismo estructural que las ha mantenido históricamente subordinadas. Y más aún, evidencian que ningún grupo, cosmovisión, o etnia tiene el derecho a imponer su orientación, imaginación, producción de conocimientos. Y menos asumir estos conocimientos como los que arrogan la centralidad de su poder. 

Así, afirmando el derecho a autonombrarse, se generan otras claves geopolíticas, recusando categorías vistas como impuestas y encontrando aquellas que dan mayor cuenta de su realidad, su sentir, su subjetividad y que expresan posicionamientos políticos, históricos y epistemológicos. Es el caso del uso recuperado del Abya Yala (tierra madura, floreciente, en la lengua quiche) aludiendo a una perspectiva geopolítica diferente a la forma en que los colonizadores definieron la constitución de América Latina. Abya Yala es parte de un movimiento vivo, que reinterpreta la historia, recupera la propia memoria, conecta sensibilidades, lucha por la afirmación de sus territorios, como símbolo de identidad y de respeto por la tierra que habitamos, otorgando otro sentido de unidad y pertenencia. La recuperación de Abya Yala es, sin duda, un acto descolonizador. Los feminismos de Abya Yala aportan a esta construcción, recuperando todas las diversas luchas, los espacios de rebeldía, las formas interculturales y plurinacionales de conexión.

 También los pueblos afrolatinos, discriminados por el racismo, por la negación de sus orígenes, confrontan la imposición de historia, memoria, lenguaje colonizador, levantando nuevas formas de autonombrarse. Así, Lelia Gonzales, feminista negra brasilera (una de las primeras en colocar la importancia de la interrelación entre racismo, sexismo, clasismo en la vida de las mujeres) aportó el concepto de Amefricanidad, denunciando la palabra Latinidad – o América Latina - como eurocentrista al dejar de lado o subestimar o descartar las dimensiones negras e indígenas en la construcción de este continente.

Recuperar la propia voz, críticamente, conteniendo y expresando, con otras palabras, vivencias de opresión, exclusión y resistencia, es sin duda una revolución subjetiva, simbólica, cultural y epistemológica, que alimentan un nuevo imaginario.  Y esto se expresa de muchas formas, como en la contribución de las indígenas feministas, desde su visión, a algunas de las categorías feministas claves, como el reconocimiento del cuerpo como lugar político, portador de derechos, a su capacidad de decidir, a no ser violentado, a no pasar hambre, a un planeta sano, etc.   La consigna “…nuestro territorio cuerpo-tierra” expresa la forma en que las mujeres indígenas se apropian, transforman, le dan mayor significado a la lucha por los derechos del cuerpo y a la lucha por la defensa del territorio, el cual está dramáticamente amenazado por el despojo, el extractivismo, las migraciones forzadas y la misma violencia al interior de sus territorios, como afirma Lorena Cabnal, indígena guatemalteca del feminismo comunitario.  La articulación entre todas estas dimensiones queda expresada en la frase de uno de los carteles en movilizaciones de feministas indígenas; “el patriarcado les hace a nuestros cuerpos lo que las economías extractivistas les hacen a nuestros territorios”.

 

Hay en esta búsqueda dos claves fundamentales en todos los espacios de nuestras experiencias y vivencias, potenciadas en clave intercultural:   el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad como seres humanos, de nuestra interdependencia, rompiendo el individualismo egocéntrico, masculino, racista, heterosexual del capitalismo patriarcas y colonial. Y el reconocimiento de nuestra condición de eco/dependencia, con la naturaleza y el planeta como un todo. Un aporte recuperado es el de Sumak Kawsay -Buen Vivir - palabra quechua referida a una cosmovisión ancestral de la vida,  que afirma lo colectivo de la realización del ser humano y el derecho a una vida armónica, equilibrada, ecológica, ética, que confronta el modelo de desarrollo capitalista individualista, desequilibrado, sin ética, y sin búsqueda del bienestar de los seres humanos sino la prioridad de la acumulación y la ganancia.  Sin duda, estos acercamientos son también procesos inacabados, que permitieran definir que es el buen vivir también para las mujeres, las diversidades sexuales, los derechos de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos, y todo lo que evite la infiltración del patriarcado.   

Todo esto nos abre un horizonte de luchas muy complejo, porque no se puede confrontar una dimensión de la crisis sin atacar simultáneamente a las otras. Y eso es algo que requiere espacio y fuerza acumulativa.  En este tiempo largo, solo esta conexión de agendas y aspiraciones intersectadas y articuladas, fortalecerán horizontes y estrategias hacia profundos cambios. Recurriendo nuevamente a los zapatistas y su imagen de la hidra, al referirse al capitalismo de mil cabezas, es claro que no basta estratégicamente derrotar una, porque crece de nuevo o es llenada por la arremetida de las otras… o sea, al capitalismo no se lo derrota de un solo golpe, ni en tiempo breve. Frente al colapso de lo existente es urgente alimentar un cambio de paradigma civilizatorio y el surgimiento de otros parámetros en las formas de organizar, de pensar, de percibirnos a nosotros y nosotras mismas. 

Y este proceso está en marcha. Las dinámicas que colocan estas voces diversas, vibrantes, cuestionadoras de un mundo dominado por valores de ganancia y usura y no de bienestar y cuidado, son cruciales en este momento, enriqueciendo un horizonte de cambio.    Y nos llevan a “repensar nuestra danza”, permanentemente, ampliando en forma espectacular, las agendas de transformación, desde la acción   colectiva y conectiva, evidenciando, más profundamente el cambio de paradigmas que estas aportaciones traen.

Y finalmente, refiriéndome a el posicionamiento que me inspira:   el horizonte político y vital de los feminismos es una realidad evidente e incuestionable en el mundo. Su presencia y aporte en América latina, es particularmente visible, movilizada, diversa, transgresora, masiva, joven. Por lo mismo, es desestabilizadora de los arreglos sexuales y sociales existentes. Por ello las fuerzas del patriarcado intentan resistirla con violencia aumentada. Pero sabemos que el patriarcado no actúa solo. Por lo que estas luchas, visibilizando las voces y propuestas de las mujeres, no están solo referidas a los derechos de las mujeres. Sus agendas, amplias e intersectadas, se orientan a la urgente articulación de las múltiples luchas de género, raciales, sexuales, económicas, políticas, culturales, subjetivas, emocionales, desde donde apuestan por el cambio, recuperando la capacidad de soñar.

Y esta es una propuesta inscrita en el horizonte de lo que llamamos Feminismos del Sur. Esta mirada aporta la posibilidad de (re)valorar las prácticas de conocimiento de los que viven más allá de la racionalidad moderna occidental, valorando, como afirma Xochitl Leyva : “… los aportes políticos, epistémicos, éticos, teóricos, de vida, de aquellos que han dado sustento a rebeliones, resistencias, patrones de movilización insurreccional y movimientos antisistémicos, antipatriarcales, antirracistas, antiimperialistas en diferentes momentos y partes del mundo”.  Afirmando además que nuestro lugar de enunciación es el Sur, entendido no como un lugar geográfico sino como una acción y condición de sujeto que da fundamental importancia a nuestras formas locales de desarrollar prácticas y construir conocimiento.  

Desde este posicionamiento, es claro que no podemos soñar en cambiar el patriarcado si no evidenciamos su escandalosa alianza con el capitalismo y la colonialidad.  Esta mirada, sin dudas, enriquece y amplia las dinámicas y articulaciones, enriquecidas permanentemente desde su intrínseca conexión con los movimientos de movimientos.