Luchas y alternativas para una economía feminista emancipatoria - Comentarios sobre ponencia de Silvia Federici

13 August 2020 – Gina Vargas

Seminario Internacional, Asunción, 28 y 29 de noviembre de 2017

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Muchas gracias Silvia, por este acercamiento a tu tan enriquecedora reflexión. Hoy, las miradas tuyas, que son de muchas formas pioneras y nutrientes, se entrelazan con una amplia corriente de reflexión feminista que está teniendo aportes centrales a las estrategias feministas de cambio.

Estamos hoy frente a un nuevo momento histórico, Una disputa contrahegemónica que confronta la explotación del capital y su alianza intrínseca con el patriarcado y la colonialidad. Las discusiones sobre las dinámicas en este periodo de oscurantismo neoliberal y los cambios que trae, en su avance imparable de acumulación por desposesión de tierras, cuerpos, territorios evidencian los enormes riesgos e impactos en la humanidad, en el planeta y, con efectos dramáticos en las vidas de las mujeres, en las formas de trabajo, Y en los impactos que esta hoy teniendo en el continente y el mundo, con el avance de fuerzas fundamentalistas, neoliberales, homofóbicas y misóginas buscando controlar la economía, la política, la vida cotidiana.

Es una disputa entre una concepción de la vida, desde parámetros capitalistas y una mirada desde la defensa de la vida, “que merece ser vivida”, Disputa contrahegemónica que expresa nuevas búsquedas para enfrentar la dramática situación actual en relación a la continuación de la vida humana y la sobrevivencia del planeta.

La recuperación de lo común se da en este contexto. No es un fenómeno nuevo. Lo común ha englobado conocimientos ancestrales y prácticas diversas de conexión, intercambio, cooperación, sanación… Hay una memoria histórica a recuperar. Y este es uno de los aportes de Silvia: Remontándose históricamente al surgimiento del capitalismo, Federici nos acerca a una realidad vista hoy como anecdótica, pero que tuvo una significación económica, política, subjetiva, emocional, absolutamente devastadora para las mujeres y por lo mismo, absolutamente necesaria al capital: la quema de brujas. A través de su libro Calibán y la Bruja nos ofrece un relato fascinante y doloroso. Los cuerpos de las mujeres, sus prácticas sociales, su sabiduría, controladas o arrancadas en beneficio de la reproducción del capital y el crecimiento de la plusvalía. La caza de brujas, dice Silvia, fue instrumental a la construcción de un orden capitalista y patriarcal donde los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos fueron colocados bajo el control del Estado, trasformados en recursos económicos. Un capitalismo en ciernes que necesitaba el cuerpo de las mujeres, para poder controlar mejor su acumulación.

Este aporte de develar los procesos de expropiación de los cuerpos, los recursos, los saberes de las mujeres desde los orígenes del capitalismo hasta ahora, nos demuestra como “…el ordenamiento de la reproducción biológica y sexual se convirtió en un decisivo campo de batalla que se saldó con la derrota de las mujeres”

El resultado de esta derrota fue la constitución de una esfera doméstica feminizada e invisibilizada, se produjo también una devaluación creciente de las prácticas y los espacios de lo común, junto con un creciente prestigio de la esfera mercantil. Por medio de un nuevo orden patriarcal, argumenta Federici se hizo cumplir la “apropiación primaria” masculina del trabajo femenino que implicó para las mujeres una “doble dependencia”: de sus patrones y de los hombres. Se produce la esclavización de las mujeres a la reproducción, similar, dice Silvia, a la situación de las mujeres esclavas en America.

Así, lo común aparece como una tradición histórica que tuvo que ser arrinconada y controlada, como acto fundante para los avances del capitalismo- simbólica y realmente. Vuelve con fuerza hoy como prefiguración de lo que podría ser otro mundo posible, que enfrenta al capitalismo, a la colonialidad, al patriarcado. Vuelve con fuerza por la privatización creciente del espacio público, el avance neoliberal que intenta la apropiación y mercantilización total del cuerpo, del conocimiento, de la tierra, el aire, el agua, la destrucción del ecosistema, la creciente esclavización del trabajo y la perdida de derechos. Ante eso, afirma Silvia, comienza a surgir una nueva conciencia política, una reflexión sobre la dimensión comunitaria de nuestras vidas, la formación de núcleos de resistencia, alimentando una nueva subjetividad, que reconoce que los bienes comunes se están perdiendo, y hay que defenderlos. Y que hay otra forma de vivir la vida, que no pasa por las reglas del mercado y la consiguiente explotación capitalista.

Porque nos enfrentamos a un conflicto estructural irresoluble entre procesos de acumulación de capital, que explota vidas humanas y no humanas y la sostenibilidad de la vida en el planeta. Por ello, una distinción fundamental sobre lo común se da en relación a la distorsión de su sentido, promovido por instituciones neoliberales como el Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y demás: mientras para el neoliberalismo lo comunitario se convierte en una excusa para el recorte del sector público -y en un instrumento de legitimación del orden social resultante- para los movimientos trasformadores y la sociedad civil politizada desde estas subjetividades, lo “común” como señalan las economistas feministas, es un espacio de empoderamiento político, de radicalización democrática y de construcción colectiva de alternativas a la propia hegemonía neoliberal. Es decir, subvertir el sistema económico es insoslayable para una transformación radical, una transición ecosocial orientada hacia una vida que merece ser vivida. Pero no solo, porque el capitalismo, hemos visto, es también heteropatriarcal, destructor del ambiente, colonialista, racista. A esta alianza perversa entre Capitalismo, patriarcado, colonialidad, Amaia Pérez Orosco la llama esa “cosa escandalosa” .

Lo común se produce y se hace entre muchos y muchas, a través de la constante reproducción de una multiplicidad de tramas asociativas -como dice Silvia-, y de relaciones sociales de colaboración que posibilitan la producción continua y el disfrute de lo común en lo material y lo no material. La recuperación de la valía de la reproducción tiene un sentido fundamental en ese proceso.

La subversión en proceso

Hoy existe ya una resistencia creciente frente al acelerado proceso de explotación de las vidas y los territorios, antes periféricos y hoy centrales al nuevo momento del capitalismo global. Tenemos ejemplos de las luchas memorables y emblemáticas de las mujeres en America Latina, en defensa de los territorios, las lagunas, las semillas, los cuerpos femeninos, lo que ha traído altos costos, como la creciente criminalización de la protesta una de cuyas mujeres emblemáticas es la hondureña Bertha Cáceres.

Estas luchas se han expresado no solo en los gobiernos de orientación conservadora sino también en las políticas de gobiernos de la “ola” progresista en la región, que avanzaron en políticas compensatorias y ataque a la pobreza, sin dejar el modelo capitalista hegemónico con su variante extractivista actual y de ataque a los territorios. Como es el caso, por ejemplo, de la lucha alrededor del Parque Nacional Isidoro Escure TIPNIS, territorio Indígena y reserva ecológica por su amplísima biodiversidad en Bolivia. El Parque Yasuní en Ecuador. Otras experiencias son la resistencia frente a la minera Conga, Yanacocha, en Perú; las luchas y organización de las defensoras de la laguna también en Perú, etcétera. También ha extendido su avance en los territorios urbanos, con las resistencias frente a los desalojos, especulación de tierras, violencia creciente, seguridad militarizada. La conexión entre campo y ciudad ha llevado, en muchos casos, al surgimiento en lo que se ha llamado la “nueva ruralidad”, donde los avances de las transnacionales extractivistas sobre los territorios incorporan al campo los vicios de las ciudades e impactan de forma irreversible sobre el ecosistema. La trata de personas es también parte de esta nueva realidad.

La defensa del territorio está siendo un eje central de resistencia. Y se asienta en otros paradigmas, no occidentales aportados en la cosmovisión indígena, en la visión afro-latina, e incluso en la visión urbana alternativa. Cuestionando la radical separación entre naturaleza y sociedad, entre cuerpo y naturaleza, o - como dice también Silvia rechazando la ilusión desarrollista.

Entrelazando reflexiones

Lo común es ya una categoría crítica de análisis alternativo. Y es actuante, en su intento de desprecarizar la vida, romper las lógicas de la exclusión. Pero mira más allá: nos coloca en el centro la pregunta sobre qué vida merece ser vivida, hacia donde avanzar, que tipo de sociedad necesitamos para ello.

Varias pensadoras feministas aportan en este sentido. Inspirada en Silvia Federici, lo común, dice Raquel Gutiérrez, es un conjunto de bienes tangibles o intangibles compartidos y usados colectivamente. Se produce entre muchos, a través de una multiplicidad de tramas asociativas y de colaboración. No surgen espontáneamente, es una construcción continua, un proceso permanente y nunca acabado. Igualmente, para Verónica Gago, lo común no es una categoría clasificatoria que aluda a la propiedad. Es más bien una idea fuerza central en la reorganización de la convivencia social, Es una utopía realista, que nos acerca, desde hoy, a la búsqueda de un mundo deseado.

Descubrir, construir, expandir lo común es un proceso de cambios paradigmáticos. Es una revolución de los imaginarios y horizontes de transgresión. Porque avanzar en lo común, como eje de vida, también implica una revolución del conocimiento, recuperando saberes ancestrales, afirmando la memoria histórica, de entendimientos y prácticas “ausentes” que han comenzado a visibilizarse y enredarse con las realidades actuales. Al hacerlo, han complejizado enormemente los contenidos de la argumentación ampliando al mismo tiempo los “lugares de enunciación” y de producción de conocimientos, poniendo en reconocimiento, disputa, y entendimientos, diversidad de perspectivas y de matrices culturales, que expresan cosmovisiones, paradigmas y saberes diversos, posicionando un reto teórico y político de superar una perspectiva monocultural para adentrarnos al reconocimiento de otras cosmovisiones, otras formas de situarse frente al mundo y analizar la realidad, la defensa de otros modelos de vida. Luchas cruciales para las transiciones ecológicas y culturales hacia un mundo en el que quepan muchos mundos (el pluriverso), como proponen los zapatistas.

Hay sin duda avances significativos en confrontar este pensamiento monocultural. Hay formas novedosas y rebeldes de recuperación de la memoria de los pueblos, una forma de colocar el lenguaje desde el derecho a autonombrarse, de generar otras claves geopolíticas que recusan categorías vistas como impuestas y encontrando otras que den cuenta de una realidad que ha sido negada. Por ejemplo, la recuperación de “Abya Yala” -que significa en la lengua del pueblo Cuna “tierra madura, tierra viva, tierra de florecimiento”- como expresión de una perspectiva geopolítica diferente a la forma en que los colonizadores definieron la construcción de América Latina, Otras claves epistémicas las colocan nociones como “buen vivir” o Sumak Kawsay, en quechua, confrontando el monopolio de la visión occidental de “desarrollo”.

De allí la necesidad de elaborar algunas preguntas de trascendencia para definir lo común en perspectiva democrática y feminista: ¿quién y cómo se define los contenidos del buen vivir? ¿qué buen vivir se piensa para las mujeres? ¿qué buen vivir proponen las mujeres?

Y es que analizar lo común desde la perspectiva feminista evidencia que son las mujeres las que han alimentado y están alimentando este proceso, son las que más han invertido en la defensa de los recursos comunes y en la construcción de formas más amplias de las corporaciones sociales “…. Se han ocupado de la organización de la comunidad y de la casa” dice Silvia Federici. Por eso lo común para las mujeres se constituye desde el espacio cotidiano /territorio donde habito, donde la casa, la maternidad, la familia, la sexualidad, deben estar en el centro de una política que recupere el derecho a su autonomía, política, física, económica o material, sociocultural.

Sin embargo, para las mujeres esto no es fácil ni automático. Es un proceso no exento de contradicciones y conflictos, porque ese territorio de lo común, en su proceso de concesión, también está marcado hoy por las desigualdades entre mujeres y hombres y entre las mismas mujeres. Y, además de la necesidad de cambio de esta “cosa escandalosa”, no tenemos modelo de “lo común” a seguir, aunque podamos prefigurar algunos de sus rasgos. Porque sí existen criterios ético-políticos, luchas por defender las autonomías de las mujeres, por evitar que los cuerpos de las mujeres, lxs indígenas, afros, diversidades sexuales, sean situados en posiciones subordinadas.

Marisol de la Cadena subraya otra dimensión de lo común, señalada también por Silvia Federici: el desarrollo de “los comunes” es un proceso continuo en una indisoluble conexión entre los humanos y los no humanos, construyendo además lazos porque no hay común sin comunidad,,, para que tenga sentido, lo común debe ser la producción de nosotrxs mismos como sujetos comunes (sujetos de lo común), es más una calidad de relaciones , un principio de cooperación y responsabilidad en relación a cada uno y a la tierra, los bosques, mares, animales, más que un grupo de personas que se juntan por el mero interés de separarse de los otros. Con esta definición dice Marisol, la idea de común denota un dominio compartido, que sin embargo levanta la pregunta sobre escala, alcance y relaciones. Cuán lejos el dominio compartido se extiende. Qué tipo de asuntos incluye y que tipo de responsabilidades demanda,

Y acá surge otra pregunta central: ¿qué lugar ocupan los cuerpos interseccionales de las mujeres en estos territorios, desde sus diferencias de clase, etnia, edad o género?

El cuerpo es la escala más micro, más íntima, es el primer espacio de lucha frente a muchas escalas de opresión. El cuerpo de las mujeres, sostiene Silvia, ha sido uno de los primeros territorios que ha intentado privatizar el Estado, dentro de la lógica de reapropiación de los bienes comunales. El cuerpo, por esto, deviene un territorio de poder dentro de la misma construcción de lo común. Si, por un lado, genera prácticas innovadoras, está también dramáticamente expuesto a la explotación del capital, al racismo, al feminicidio, a la violencia de muchas formas, a lo que Rita Segato llama la “pedagogía de la crueldad”, que es el asesinato de mujeres anónimas con una crueldad ejemplificadora, la crueldad por los derechos ganados y el debilitamiento de las masculinidades tradicionales

Acá también sucede esta reapropiación del lenguaje y potenciación de sus significados. El cuerpo, territorio, que aportan las feministas indígenas en sus luchas contra el extractivismo y como expresión de una forma de vivir en armonía entre los cuerpos de las mujeres y el cosmos, y la naturaleza. La resignificación del cuerpo colocado también por la lucha contra el racismo, la lucha por las diversidades sexuales. ¿Cómo se ubica esto en la construcción de lo común?

Silvia Gil aporta a esta mirada. Para ella, la política de lo común trata de imaginar lo imposible, lo no dado, y eso es central para la lucha feminista porque lo que queremos aún no está, aun no existe, y avanzar en ello desde los horizontes feminista implica conflictuar lo que existe, reconocer las tensiones en los procesos de cambio, disputar por ellos, cuestionar las carencias y trabajar alrededor de ellas, ampliar la dimensión democrática que contiene la construcción de lo común.

Me quedan dimensiones a seguir profundizando. Silvia Federici bucea en el origen del capitalismo, como para explicar la violencia del capital sobre la mujer. Su línea de pensamiento se basa en que la primera fuente de riqueza es el cuerpo femenino, ya que permite la reproducción del resto de fuerzas de trabajo. "Atacar a las mujeres es la forma más eficaz de debilitar la cohesión de una comunidad". En su libro Revolución en punto cero, profundiza sobre este tema y busca las raíces del trabajo doméstico como producto del capitalismo; Silvia hace una lectura de la división sexual del trabajo en la que coloca el cuerpo femenino como la primera fuente de riqueza, ya que permite la reproducción del resto de fuerzas de trabajo. Y el trabajo doméstico y tareas del cuidado como la piedra angular de la subordinación de las, mujeres, coloca a la familia nuclear como la institución y el espacio donde se mistifica y se naturaliza, se devalúa el trabajo reproductivo de las mujeres. En este panorama, la lucha social por el salario del trabajo reproductivo es un tremendo ataque al capitalismo, socavando su posibilidad de ganancia. Este salario está, dice Silvia en contradicción con el trabajo asalariado, que privilegia la producción de mercancías, para lo cual las mujeres tienen que salir de sus casas, sin ningún poder.

Esta es, sin duda, una mirada atractiva, afín con esa necesidad urgente de cambio de las condiciones que impone el capitalismo. Sin embargo, para mí, mientras se construye este reconocimiento, mientras se construye lo común, ¿la autonomía material – económica de las mujeres cómo y dónde encuentra espacio para asentarse?

Finalmente, antes de terminar, quiero aportar las reflexiones de Isabel Larguía, feminista argentina cubana que ya en 1969 inicio una reflexión que en 1972 -hace casi 50 años- quedaría plasmada en el libro, poco conocido, que escribió junto con John Dumoulin, llamado Hacia una ciencia de liberación de la Mujer. En él, conceptualizaba el “trabajo invisible “de las mujeres, afirmando que las raíces de la opresión ejercida sobre la mujer pueden encontrarse, por un lado, en la necesidad originaria de reponer privadamente la fuerza de trabajo, y, por otro, en la división del trabajo entre los sexos, que obliga a la mujer a responsabilizarse con el trabajo invisible. Es el aporte latinoamericano, también pionero, a esta problemática que hasta el día de hoy no parece tener reconocimiento.

Publicado en: Luchas y Alternativas para una Economía Feminista emancipadora. Patricio Doblée y Natalia Quiroga, compiladores. CLACSO

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